Cada prótesis facial necesitaba un mes de trabajo: las cejas y los bigotes se incorporaban a partir de pelo auténtico. Hasta finales del año 1919 –la Cruz Roja no pudo financiar más tiempo este estudio– se fabricaron en el Studio for Portrait-Masks casi doscientas máscaras, de las que lamentablemente no ha quedado ningún rastro.
Gracias a esta iniciativa, estos hombres recuperaban, en parte, su autoestima. Ya no tenían que ocultarse para evitar asustar a la gente, ni trabajar en lugares aislados al avergonzarse de su aspecto.



